Desde el pasado 26 de mayo y hasta noviembre 20 se exhibe en el Museo de Arte Moderno, en Chapultepec, la muestra ¿Neomexicanismos? Ficciones identitarias del México de los ochenta.
La exposición está integrada por pintura, escultura, fotografía y arte objeto de artistas de la generación de los años ochenta del siglo XX. Uno de los principales protagonistas de esa brillante generación fue Nahum B. Zenil, de quien hacemos aquí una somera revisión de su trabajo plástico.
El primer encuentro que tuve con la obra de Nahum fue en 1980. En aquellos años de mi formación normalista solía visitar los museos y espacios culturales de la ciudad de México en compañía de un par de buenos amigos; siempre a la búsqueda de novedades. Cada nuevo museo era una revelación, un hallazgo.
Durante una de esas visitas al Palacio de Bellas Artes nos encontramos por casualidad con las obras del Salón Nacional de Artes Plásticas 1980, la extensa exhibición ocupaba todas las salas del recinto. Uno de los premios estelares en la Sección de Pintura fue precisamente otorgado a una de las obras de Nahum, “Allá donde vivía” (mixta/papel, políptico, 64.5 x 49 cm. c/u, 1979. Premio de adquisición), obra desconcertante, pero de excelente manufactura, que preludiaba la brillante trayectoria del artista. De entre los demás pintores premiados de aquél 1980, como Gabriel Macotela y Susana Sierra, sólo la obra de Nahum poseía a mí entender la impronta que lo distinguiría de los pintores de su generación.
Aunada a la calidad que poseía como dibujante, buena parte de su creciente fama y prestigio se debió al auge en los años ochenta del pasado siglo del neorrealismo mexicano y del interés internacional que suscitó la obra de Frida Kahlo, sobre todo en los Estados Unidos. Sucesos artísticos que fueron, en definitiva, el motor que impulsó el “neomexicanismo” en la pintura que se produjo entonces en nuestro país, y al que de manera natural se pusieron a la cabeza Nahum B. Zenil y el joven Julio Galán, por sus estilos de claro color nacionalista, aunque de incierto fervor patrio, más bien impregnados de una crítica mordaz a la identidad nacional y al conjunto de sus valores e íconos, incluidos los símbolos nacionales y la fe religiosa. Este llamado neomexicanismo en la historia reciente de la pintura en México, validado ya por la crítica y sancionado por numerosos libros y artículos especializados, a diferencia del arte nacionalista de las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo XX, fue perfilado por artistas como Nahum y Julio Galán sin pretensión alguna y de manera espontánea. Poco se ha escrito al respecto, pero no cabe duda que a diferencia de Diego Rivera o David A. Siqueiros, cuyo interés por retratar la realidad mexicana de su época desde su perspectiva nacionalista era patente e intencionado, los pintores neomexicanistas de los años ochenta sólo respondieron de una manera que contestaría a ese espíritu mexicano estereotipado a través de sus obras, con retratos ambiguos de la identidad nacional y la imagen que el mexicano tiene de sí mismo.
Un rasgo distintivo fundamental entre aquél bien definido arte nacionalista de los Rivera, Orozco o Siqueiros, de este otro neomexicanismo de Nahum y Julio Galán es, sin duda, el propósito que mueve la producción de los artistas de tan lejanas generaciones: mientras aquellos se empecinaban en dar un rostro plástico a toda una nación, es decir, a la masa colectiva sin distingo, éstos pintores de los años ochenta se ocupaban de dar rostro al individuo, al mexicano que ellos mismos encarnaban, con sus deseos personales y ambigüedades morales; que incluían la identidad sexual.
Si los pintores mexicanos que dominaron la vida intelectual de nuestro país durante la primera mitad del siglo XX eran, en su mayoría, unos valentones y empistolados, los artistas de la generación de los ochenta del citado neomexicanismo, en cambio, poseían personalidades apacibles, incapaces de actos violentos, situados más bien en la lucha individual en contra de la discriminación y la homofobia. Nacionalismos, pues, opuestos en su visión de lo que debía ser la identidad nacional, pero curiosamente convergentes en la lucha por reivindicaciones sociales, aunque se trate en los primeros de la lucha de clases y en los segundos de la lucha en contra de la discriminación.
Tal vez porque el México de hoy no es y no puede ser más el de ayer, pero a lo mejor porque artistas de excepción como Nahum abren nuevos senderos a nuestra conciencia colectiva con su obra, es que sus imágenes impactan positivamente en la mente de la opinión pública. Pues uno de los rasgos definitivos de la obra de Nahum ha sido siempre su fuerte carga homo-erótica, que desde sus inicios es imposible contemplar sin conmoción moral. Pero su patente erotismo masculino y sus constantes cuestionamientos a la identidad nacional han sido en general siempre bien aceptados por las instituciones oficiales, y muy apreciada y adquirida por los coleccionistas privados. Su admiración por la obra de Frida Kahlo y las obras suyas en las que integra a la pintora a su propia iconografía también han permeado su trabajo de ese espíritu nacionalista sui generis. Nacionalismo que es, a la vez, afirmación de la individualidad, pues el “nacionalismo” de Nahum es en principio retrato del yo frente al otro, la confirmación de que se puede ser muy mexicano sin ser pendenciero y jugador; rasgos tan arraigados en nuestra idiosincrasia. De ahí la enorme importancia que tiene el autorretrato en la obra total de Nahum, género escasamente explorado por los maestros del muralismo que, en cambio, fue un ejercicio fundamental en Frida y en los pintores que encabezaron el llamado neomexicanismo de los ochenta. Tanto en las obras de Julio Galán como en las de Nahum el protagonista de las obras es el mismo pintor, sus pinturas y dibujos son una suerte de narcisismo pictórico nacionalista que nunca pasa desapercibido ante el espectador.
Pero Nahum es también poeta. Sin lugar a dudas, uno de los mayores logros del artista es la creación del Espacio Cultural Rancho Tecomate-Cuatolco, Casa del Poeta; en Tenango del Aire, Estado de México, donde reside.
El espacio cultural fue proyectado y creado con fondos del propio artista, bajo la mirada de sus ideas estéticas inspiradas en el arte popular mexicano. El área principal de encuentro de visitantes y exposiciones lo constituye “La Capilla”, que exhibe de manera permanente en los muros de sus dos plantas obras del pintor de diferentes épocas. El proyecto arquitectónico de la construcción reproduce el estilo virreinal de las iglesias y casonas coloniales, con vitrales basados en las obras del artista. Espacio que es a la vez museo personal, sala de exposiciones, sitio de encuentros literarios, conciertos y presentaciones de libros, y que acoge de manera fraternal a todo visitante e interesado en el arte. Durante mi visita y encuentro con Nahum no dejó de sorprenderme el paralelismo estético que ha propiciado otros espacios culturales como éste auspiciados enteramente por pintores, como los Francisco Toledo y Rodolfo Morales en Oaxaca; gesto generoso y de gratitud al pueblo de México que es siempre bienvenido.
*Mauricio Vega Vivas es profesor, artista plástico, historiador y crítico de arte. Estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. E-mail: mauriciovega@prodigy.net.mx
Página web: www.somaap.com/miembros
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