RECUERDO Y RECONOCIMIENTO A UN GRAN HOMBRE “E”

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DEDICATORIA ESPECIAL

“CON CARIÑO Y GRAN ESTIMACIÓN PARA UN AMIGO, COMPAÑERO DE AVENTURAS, TRABAJO, ESTUDIOS, JUEGOS Y MÚLTIPLES REFLEXIONES, QUE RECIEN, Y EN FORMA PREMATURA, PASÓ A MEJOR VIDA: DON JOSÉ OCTAVIO ÁVILA GUERRERO (QEPD)”.

¡Hace mucho tiempo, los alumnos se entristecieron al saber que el “Brujo”, como le decían a su maestro, les había comunicado que pronto partiría a mejores planicies!
Le decían así, a su facilitador, por los diferentes ejercicio y juegos llenos de dilemas que les presentaba como parte de su propio proceso de “enseñanza-aprendizaje” al que continuamente los enfrentaba para hacerlos pensar, planear, decidir y actuar mejor y a hacerlo en forma continua.

Me acuerdo que todos ellos mencionaron estar preocupados por su futuro, ya que a partir del momento en que los abandonara el “Brujo”, no tendrían más sus enseñanzas disponibles y sería el momento de iniciar una nueva e independiente vida.

Irremediablemente el tiempo pasó y las aventuras de cada uno de los antiguos discípulos iniciaron. Algunas con el pie derecho y otras con el otro. Hubo suerte a veces y otras no tanto. Pero, las enseñanzas recibidas antaño, siempre estuvieron a la mano en todo tipo de situaciones.

Los años y tiempos, algunos buenos y otros no tanto, irremediablemente pasaron en las verdes altiplanicies y el “Brujo” se mantuvo en contacto con algunos de sus antiguos pupilos y aprendices, dándoles consejos o trabajo en sus propias nuevas tareas y aventuras. Pero, nunca imaginó que alguno de ellos, uno de los más apreciados desafortunadamente partiera anticipadamente. Lo cual lo llenó de tristeza y amargura…

¡Vaya esta triste reflexión, como póstumo homenaje, para uno de esos alumnos-amigos-colegas que recién nos ha abandonado, dejando atrás amigos, familia, y múltiples enseñanzas de vida!

Y, para darles una idea de la calidad humana de mi gran amigo de épocas pasadas y presentes, Octavio, a continuación trascribo uno de los pasajes de su libro, “Ciudad de Añoranzas”, el cual me dedicó y regaló en uno de nuestros desayunos, frente a sendos chocolates calientes, obviamente chopeados con deliciosas conchas de igual sabor, en especiales reuniones para reparar el mundo, de ser eso aun posible. El extracto que aquí les reproduzco, viene en el relato intitulado por él: “El Brujo”.

Así que sin más preámbulo, les presento el mencionado extracto para su recuerdo, goce y reflexión:

Dedicatoria: “Profesor, es quien transmite un mero conocimiento. Maestro, es quien educa y transmite una forma de vivir. Sea este libro una muestra de mi agradecimiento para ti maestro”.

 “Primera Lección: Es preciso ser valiente.”

Después de la Gran Guerra, al ser herido en la mano derecha, regresé de Marruecos a ni natal ciudad toscana, aquí fue donde conocí un hombre excepcional para algunos de nosotros, y conocido por todos como “El Brujo”.

Regresé como todos los nobles herederos a contar la saga de mis hazañas; algunas falsas, otras inexistentes, y a reanudar mis estudios bajo la férula draconiana de mis maestros y preceptores.

La Universidad Toscana estaba en un antiguo castillo, húmedo y tenebroso, donde el lugar más amable eran los patios embaldosados, allí una mano invisible deslizaba una bota de buen vino tinto bajo la capa de cualquiera de nosotros.

Los maestros eran diversos adefesios, los había de todas clases, de lenguas romances, de anatomía, de astronomía, de esgrima, de geografía.

Sin embargo la cátedra del Brujo constituía un reto, aún para las mentes más brillantes de los allí reunidos. La dificultad no estribaba en la materia, ya que era el álgebra, -el al ghibar de los árabes- la dificultad estribaba en “-aprender a aprender”-, ya que el Brujo platicaba y jugueteaba con nosotros casi sin tocar o mencionar los números o los símbolos algebraicos.

El Brujo era excepcional comparado a los emperifollados y atildados catedráticos, era como una bíblica columna de humo y fuego en el desierto.

Alto y desgarbado, con un bigotazo a lo turco, cual si fuera una extraña mariposa colgada en su labio superior, un raído albornoz cubría un cuerpo fuerte y macizo, su cabello castaño mostraba ya una incipiente calva, sus ojos astutos y brillantes se movían con agilidad de uno a otro lado, sonriendo al ver nuestros sorprendidos rostros al invitarnos a jugar en el patio de la escuela a hacer torrecillas con diminutos cubos de madera.

Sin embargo y a pesar de los extraños métodos, la cátedra del Brujo seguía impartiéndose en la Universidad Toscana. Algunos decían que el Brujo era primo del príncipe, otros alegaban una hermandad con el Papa, otros más suponían favores de la Reina, y algunos menos hablaban de que era en realidad… un brujo.

Cierta tarde al ir corriendo por los pasillos, al salir de la clase de esgrima choque violentamente contra alguien, y a punto de golpearle en el rostro me detuve, los penetrantes ojos de el Brujo me miraban fijamente sin expresar pasión alguna, me miró detenidamente y me llevó a su clase.

Allí con barro y unos baldes de agua, invitó a sus alumnos a realizar una pequeña presa que contuviese con firmeza un solo balde de agua.

En tanto los otros se batían como cerdos en el barro, me llevó a la puerta y antes de despedirme me miró con fijeza y me dijo…

“Segunda lección: ¿Dónde estamos…?”

¡Descansa en paz de tus achaques y dolencias mí estimado Octavio…!

¡Espero el Buen Di-s en el más allá, te reciba tanto a ti como a tus cuentos con los brazos abiertos…!

Jacobo.

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